Format C:



Me gusta el sonido que producen mis dedos al golpear las letras del teclado de mi laptop, como ahora que estoy escribiendo. Es un sonido seco y sencillo que me hace recordar a esas series norteamericanas en las que un muchacho de catorce años, cabello largo y en plena madrugada escribe frenético los comandos UNIX para acceder a una computadora del Pentágono. La cámara se acerca, las letras van apareciendo una por una en la pantalla y el cursor tintinea. La música que suena de fondo es algo de Fat Boy Slim, puede ser también Depeche Mode. De pronto el chiquillo toma el control de un servidor a través de un programa de acceso remoto y ¡bingo! Y aunque eso parezca fantasía ya no lo es. De hecho conozco algunos a través del correo electrónico y del chat que lo quieren intentar. Uno de estos procedente de México, quizá no tan joven, se metió a mi computadora hace unas semanas para “taponearla”.

Creo que lo hizo, como dicen los franceses, para impresionarme. Otra explicación no encuentro. Cuando digo taponearla me refiero a impedir que me conecte a Internet a través de cualquier medio. Eso significa que no puedo navegar, utilizar el correo electrónico, el FTP o cualquiera otra herramienta. Aun así mi PC sigue funcionando perfectamente off line.

No registra virus conocidos, mutantes, variaciones o troyanos, pero tercamente se resiste a conectarse a Internet. La explicación es sencilla, basta que el intruso entre al Registry del Windows, para cambiar la configuración de entorno de red y el protocolo de comunicación. De esa forma mi computadora no puede interconectarse con las otras máquinas a través del famoso protocolo de comunicación TCP/IP. El día que mi computadora se aisló del mundo revise paso por paso todas las opciones que tenía y me negué a creer que era precisamente eso lo que me había sucedido. Los técnicos que vinieron a ayudarme se rascaron la cabeza y luego de darle varias vueltas al asunto me dieron su diagnóstico.

- Esto es algo inexplicable, considerando que dices no haber bajado nada extraño de la web. Creo que lo mejor va a ser que formatees tu disco duro.

-¿Queeeeé?, respondí totalmente sorprendido.

-Es la única solución, respondieron. Primero baja toda tu data y procede cuanto antes.

Entonces como si se tratara de un enfermo de cáncer decidí negar mi realidad y hacer oídos sordos, para luego mudarme con mi notebook a otra parte en busca de otro soporte que me diera una solución diferente. Tenía miedo perder información acumulada durante meses de trabajo. Además estaba indignado por la solución planteada. Siempre me ha parecido exagerado arreglar cualquier problema formateando el disco duro. Era como curar la infección amputándole la mano al enfermo.

Luego de horas de búsqueda encontré a un nuevo técnico que me dijo que el problema de mi máquina no era producto de un ataque hacker sino del transceiver, un aparato que conecta el punto de red con la tarjeta combo de mi computadora. La solución se reducía a cambiar el accesorio. A la mañana siguiente busqué por todos los medios, incluyendo Internet, el maldito transceiver, hasta que lo encontré. Entonces regresé a la oficina con una sonrisa de oreja a oreja para decirle a los técnicos que el problema no era de software sino de hardware y que la solución no era formatear el disco duro, sino, simplemente cambiar de transceiver. Por eso en honor a sus grandes consejos les iba a dedicar a todos ellos una crónica titulada “Format C:” Los chicos de soporte se rieron de buen talante, no les quedaba otra. La sorpresa fue que a la hora de probar el transceiver mi máquina siguió bloqueada. El jefe de soporte volteo con la sonrisa en los labios y me preguntó, ¿Cómo ibas a titular a tu crónica? “Format C:”, respondí avergonzado.

Todos los días se aprende algo nuevo. En estos momentos estoy escribiendo desde otra computadora. Mi máquina ya no tarda en llegar y fiel a mi promesa he decidido dedicar esta crónica a la persona que me arregló la máquina y al que me la hackeó. Sin ellos dos no hubiera podido contar esta historia.

posted by Daniel Flores Bueno @ 4:27 PM, ,




Sexy, rubia y loca

Cuando Fabián miró su reloj se dio cuenta que había pasado dos horas desde que comenzó a chatear. Era la medianoche de un miércoles en Lima y él era el único que estaba en la oficina, a parte del vigilante, que lo miraba con curiosidad.
«!Como se ha pasado el tiempo!» pensó para si, mientras se pasaba la mano derecha por el cabello y apagaba la computadora. La conversación con una tal rubiecita en uno de los canales del chat lo había absorbido tanto que alteró su percepción del tiempo como si fuera una droga. Fabián se despidió de su nueva amiga virtual y terminó de apagar el CPU. En su cabeza todavía resonaban las palabras de rubiecita: «Escríbeme por favor, me gustan los latinos».

Minutos antes de la despedida Fabián le pidió su foto, pero rubiecita no quiso dárselo. Aun así él se la imaginaba como una chica alta, espigada, de lindas cejas y claro, de cabello rubio como el de Cameron Díaz. Para ser más honestos Fabián se la imaginaba como si fuera un clon de la actriz de Loco por Mary. Por eso mientras caminaba por las desoladas calles de Miraflores llena de altos edificios y vigilantes privados, no dejaba de pensar en esa chica.

Fabián tomó un taxi en Pardo con destino a su casa en Jesús María. En el trayecto se puso a conversar con el taxista. El tipo resultó ser un Ingeniero Civil desempleado que le confesó a Fabián que como taxista no le iba tan mal. Para comenzar ganaba más dinero que en una oficina, tenía mucho mayor libertad y sobre todo mejor suerte con las chicas. «No te imaginas hermano. Hay noches que hasta las mujeres te buscan. Te lo juro, está ciudad es extraña hermano.» Fabián impresionado por la sinceridad del conductor se atrevió a contarle el caso de su nueva ciberamiga. El taxista ingeniero se quedó callado, no dijo esta boca es mía, mudo, mutis total, mientras Fabián le contaba que todo comenzó en un canal llamado pasalavoz.com en el servidor de Global Chat en donde había entrado para coquetear un rato mientras hacia tiempo para irse a su casa. Fue en ese momento que la vio a rubiecita y se puso a conversar con ella. Lo que siguió fueron dos horas de conversación medio extraña, pero no por eso menos interesantes. La tipa decía ser una inglesa que vivía en México DF en donde estudiaba arqueología. Era rubia y con unas lindas pecas en la nariz. Se había descrito como delgada tirando para atlética y sobre todo sexy. El taxista se mantuvo callado hasta que le preguntó

—¿Cómo sabes que ella es quien dice ser?
—Bueno la verdad es que no lo sé. Respondió algo sorprendido Fabián.
—¿Y si es un zambo que dice ser una rubia?
—Ja-ja-ja- No te pases pues hermano, respondió Fabián en tono de broma.
—¿Cómo me dices que se llama el canal dónde la conociste?
—Pasalavoz.com
—Ajá. ¿Y ella tiene como nick, Rubiecita?
—Así es, Pero ¿por qué preguntas tanto? Dijo Fabián medio intrigado con el taxista.
—Porque rubiecita no existe, respondió de lo más serio el taxista.
—¿Cómo? ¿A qué te refieres? preguntó Fabián.
—Rubiecita es un bot. Un programa robot en un servidor IRC. Mejor dicho es un software creado por un programador que ha creado un programa capaz de responder a una serie de preguntas predeterminadas construidas a partir de tu conversación. No es una broma hermano, es verdad. Mi hermano menor que estudia electrónica en la UNI me vino con la noticia hace unas semanas e incluso lo probamos desde una cabina. Es el “deshueve” hermano y te lo juro por Dios que no es ciencia ficción lo que te estoy contando. Pregúntale a los chateros del IRC y te vas a caer de culo cuando te digan que lo que te digo es verdad. Mi hermano y sus amigos de la UNI la ponen a la tal rubiecita en diferentes canales del chat para jugarles bromas a los despistados como tú.

—¿Queeeeeé?

—Te lo juro. La secuencia de construcción comienza utilizando la palabra con la que
tu replicas o preguntas. Entonces se arma una cadena secuencial de conversación unida por una palabra en común. Si no me crees entra nuevamente a ese canal y pregúntale a la tal rubiecita: ¿Qué hora es? No te va a responder jamás con la hora exacta. Sólo va utilizar la palabra hora para construir otra frase incidental. Tu insístele como esa pregunta y en menos de cinco minutos la rubiecita se va a rallar. También puedes utilizar palabras absurdas que no existan en el diccionario y pronto la tal rubiecita las va a utilizar para responderte.

Fabián le dijo al taxista que volteara a la derecha, luego a la izquierda y que lo dejara junto al Toyota plomo que estaba estacionado al costado de una casa a mitad de la cuadra. Allí no vivía, su departamento estaba como a cinco cuadras, pero luego de haber escuchado toda esa historia que sonaba tan real, quería pensar un rato, quería caminar.

posted by Daniel Flores Bueno @ 5:37 PM, ,




No voy a volver


Un periodista viejo, calvo y panzón dijo alguna vez que un periódico puede ser cualquier cosa, menos un lugar aburrido. Le doy toda la razón. Tania llegó al periódico una tarde nublada. Una tarde en la que tres machos en edad reproductiva -los redactores del suplemento- esperaban ver qué tal estaba la nueva practicante. Su vocecita de princesa de película de Walt Disney y sus ojos chinitos le hicieron pasar el examen. A partir de entonces el ritmo del periódico la fue tragando. Las noticias volaban y los reporteros corrían detrás de ellas.

Mientras tanto, la tímida Tania aprendía a navegar, mandar e-mails o chequear direcciones electrónicas frente a su computadora, labores propias de una revista de Internet. Todo realizado con un carácter reservado, que se reflejaba en las pocas palabras que pronunciaba al día. La primera al llegar. «Hola, ¿qué tengo que hacer?» y la última a las nueve de la noche, cuando se levantaba con sus ojos rojos cansados de tanta computadora y preguntaba con voz tímida «¿me puedo ir?». Nada hubiera cambiado si es que un día Tania no se aparece con la idea fija de abandonar el periódico. ¿Por qué? Preguntamos todos conscientes del buen trato que le habíamos dispensado. Su respuesta fue clara y sencilla. Se había dado cuenta de que odiaba a Internet y de quería dedicarse a vivir lejos de una pantalla de computador. Su sueño era viajar por España, amar y tragarse todos los libros habidos y por haber. Sonaba interesante y, cómo era lógico, accedimos a que se fuera siempre y cuando consiguiera una reemplazante. «Ya la estoy buscando por todo Lima», fue su respuesta. Sin embargo, dos días después un correo electrónico paralizó a la redacción de la revista. El título de la misiva era: «Carta de renuncia y denuncia» y estaba firmada por Tania. Leerla no nos demoró ni cinco minutos, pero el impacto que nos produjo aquellas palabras iniciales sobrevive hasta el día hoy. El e-mail decía: «Iré al grano, no voy a volver». Cómo es lógico, en un diario las noticias vuelan. Algunos redactores que se enteraron de ésta carta celebraron la renuncia de Tania como un triunfo de la sensibilidad contra la fría modernización de la Red a la que siempre han culpado de aislar a los seres humanos. Otros vieron en su renuncia una metáfora de la rebelión del hombre contra la máquina. La verdad es que no lo sé. Lo que sí nos apenó a todos, fue que esa chica nunca permitió que la conociéramos. Y como dijo Héctor Lavoe, su historia fue un periódico de ayer.

posted by Daniel Flores Bueno @ 5:10 PM, ,




Mi amigo Baga

Son las once de la noche de un domingo cualquiera y un tipo de aproximadamente treinta años conduce una camioneta. A su costado está sentada una chica de dieciocho. Las calles están desoladas y mientras él maneja rumbo a una cabina pública de Internet, ella conversa: «En mi época de adicta al chat hice de un montón de amigos. De todo ese grupo Baga fue uno de los pocos que sobrevivió. Creo que eso nos pasa a todos. No tienes el tiempo ni el interés para seguirle la corriente a toda la gente que conoces. Además todos no son interesantes. El caso de Baga es diferente. El es un bacilón. Vive en Bali, Indonesia y las veces que hemos conversamos a parte de hablar de música me cuenta cómo es su país y su religión hinduista. Con este chico no flirteo, ni nada por el estilo, sólo es mi amigo. Mi ángel de la guarda. A veces me aconseja, otras me regaña, también me hace reír y de vez en cuando nos peleamos. Me consuela cuando me siento sola en la universidad. Por eso te pido por favor que me lleves a una cabina pública de Internet, para llamarlo por Net2Phone, porque hoy es su cumpleaños. Si lo llamo de la casa nos va a salir carísimo.»

El carro ya esta por la avenida Larco y a esa hora de la noche parece un cementerio alumbrado por pálidas luces y poblado de guachimanes. La primera cabina en la que me detengo es una que atiende las 24 horas del día, pero me entero que para llamar por Net2phone necesito tener mi propia tarjeta de debito. Le agradezco al administrador, pongo primera y doy media vuelta. La chica de 18 no es otra que mi hermana Galia y sigue hablando: «No podemos regresar a casa, por favor tengo que llamarlo hoy. El hizo lo mismo el día de mi cumpleaños. Se acordó de mi santo estando a miles de kilómetros de distancia, cosa que tú no hiciste.»

La vergüenza me carcome por dentro y pocos minutos después estoy estacionando el carro en la segunda cabina, frente al parque central de Miraflores. Galia baja del auto y sube corriendo las escaleras del local. Mientras la espero me imagino el diálogo entre Baga y mi hermana. Todo en inglés por supuesto, con un inicio y un final en indonesio. Pero mi ilusión se desvanece cuando la veo llegar con un gesto triste: «No tienen Net2Phone. Vamos a otra cabina», me dice mi hermana.

Miro el reloj y me doy cuenta que ya es casi medianoche del domingo. En cambio en Bali es medio día del lunes. Saltamos de cabina en cabina por todo Miraflores. Media hora después hemos visitado como cinco. Todas están cerradas, menos una que encontramos al final en el jirón Tarata y que cobra un dólar por un minuto de llamada a Indonesia.

—¿Dani crees que los Indonesios canten Happy Birthday?

—No sé, supongo que si, respondo desconcertado. ¿Por qué?, ¿piensas cantarle por teléfono?

Mi hermana se ríe y entra a la cabina. Nuevamente me quedo solo en el carro esperando. Quince minutos después sale sonriente: «Baga no estaba. Me contestó su mamá. Me demoré como tres minutos en explicarle que llamaba desde el Perú. Nunca me entendió. Así que le dije South America y por fin supo quien era. Le dejé el saludo con ella y me agradeció el gesto. Dijo que Baga le había hablado de mí y que aquel gesto de llamar desde tan lejos para saludarlo por su cumpleaños le iba a encantar.»

—¿Vamos a casa? —le pregunto.

—Vamos —responde.

El carro avanza por Shell, los dos estamos callados y de cuando en cuando bromeamos un rato. Le digo a Galia que esta salida me ha gustado porque me ha hecho recordar los tiempos en los que aparte de ser hermanos éramos amigos y cómplices. Ella me devuelve la mirada y asiente con la cabeza.

posted by Daniel Flores Bueno @ 11:57 AM, ,




Historia de un nombre

Otra vez frente a la máquina. La tristeza me consumía por dentro, pero curiosamente esa tarde me la había pasado contando chistes en la oficina. ¿Por qué reía por fuera cuando me derrumbaba por dentro? No lo sabía y entonces no me importaba tal cosa. Lo cierto es que George Michael sonaba en mis audífonos a todo volumen con una canción llamada Kissing a fool (besa a un tonto) y yo sentía que me estaba haciendo viejo y triste. Ni el gimnasio, ni las vitaminas o esa ropa deportiva y mochila Nike que cargaba podían esconder que el tiempo pasaba por mi cara y que los ojos de aquel adolescente que algún día fui ya estaban desapareciendo. Después de todo, las decepciones son las que nos envejecen, y no lo años. Y yo en esos tiempos las había recibido de golpe y seguido. No eran los primeros encontronazos en mi vida. Aunque no sé por qué extraña razón eran los que más me habían dolido.

Los ventiladores de la redacción giraban al máximo. A lo lejos se escuchaban risas, murmullos. El mundo continuaba con su frenético ritmo y las manecillas del reloj rumbo a las siete de la noche no se detenían ni por mi tristeza ni por mi aparente alegría. Sólo estaba clara una cosa, nuevamente estaba solo ante la computadora escribiendo febril a un lector, que por una extraña razón me había escrito una graciosa carta en la que me preguntaba si existían los extraterrestres. ¿Qué diablos podía saber yo al respecto?

―Estimado Señor, dígame claramente ¿Es cierto que los extraterrestres se pueden comunicar por Internet con los científicos? Decía el despistado lector.

Mi respuesta inmediata había sido: Se ha equivocado de persona. No soy el indicado para responder eso. Pero luego relacioné que yo trabajaba en una revista especializada en Internet y el título de mi columna era Crónicas marcianas. Recordé además que una semana atrás se había publicado un artículo en el diario en el que se informaba que unos investigadores habían desarrollado un sistema para hacer contacto extraterrestre a través de ondas electromagnéticas. El proyecto se llama SETI. La lógica de esta proyecto es comunicarse con los extraterrestres utilizando el radiotelescopio más grande del mundo construido en Arecibo (Puerto Rico).Dicho radiotelescopio procesa 35 Gbytes de datos al día. Para hacer frente a tal volumen de información los científicos crearon una manera de sumar el rendimiento de miles de computadoras en todo el mundo que funcionaran como un superordenador descomunal. De esta manera aquellos que aceptaban sumar su pc al proyecto se bajaban un salvapantalla de CETI y ponian al servicio su máquina que aprovechaba los tiempos inactivos para procesar los datos recibidos del telescopio. Luego los enviaba a través de Internet a la Universidad de Berkeley en donde tiene su sede el proyecto.

Eso fue lo que le escribí aquel lector advirtiéndole de que era totalmente escéptico sobre el tema OVNI y que podía escribir a CETI para mayor y mejor información.

Lo curioso es que hubo un tiempo en el que sí creí con todas mis fuerzas en la posibilidad de establecer contacto extraterrestre. Lo confieso. Tenía siete años y una enorme fantasía alimentada por las películas de ciencia ficción. Recuerdo que esta historia con los marcianos comenzó la noche en que mi familia y yo regresábamos de un lugar llamado Quillabamba ubicado en el departamento del Cuzco. Mi papá había sido destacado a esta zona de la ceja de selva y viajábamos en una pequeña caravana acompañados de dos tíos, en tres camionetas todo terreno. De pronto, en pleno cielo oscuro aparecieron tres potentes artefactos que iluminaron la carretera, como cuando se ilumina con toda su potencia el Estadio Nacional. Los carros se estacionaron uno detrás de otro.

«¿Qué mierda es eso? » Dijo mi papá en voz alta. «Al parecer, ovnis», respondió mi mamá, asustada. Luego aquellas luces se desaparecieron como por magia. Los mayores bajaron de los carros y mi papá intercambió opiniones con mis tíos. Se les notaba preocupados. No podía ser un avión, porque en esa zona no había vuelos nocturnos. Además un avión jamás podría iluminar de esa forma el cielo. Esa imagen del objeto tremendamente luminoso en plena carretera se me quedó grabado en la memoria. Hasta ahora es un misterio.

Un años después viví una experiencia diferente con el tema OVNI, que si puedo testificar como fraude. Ocurrió en el malecón de Chorrillos. Era de noche y de pronto un platillo volador no identificado apareció sobrevolando el circuito de playas de la Costa Verde. El avistamiento era tan claro que todos los vecinos se pasaron la voz. La gente salió a las calles como si se tratara del día del juicio final. Familias enteras no podían creer lo que veían sus ojos. Un objeto volador no identificado no paraba de dar vueltas en el cielo de Lima como diciendo mírenme. Habían algunos que proclamaban aquella fecha como un hito histórico. Otros como una invasión. Era el día del contacto extraterrestre.

Una mezcla de emoción y de miedo se apoderó de la gente. Padres, hijos y abuelos no dejaban de mostrarse sorprendidos. De pronto Gabriel, un vecino mío, subió a su azotea y con su largavista divisó aquel objeto volador no identificado. El resultado fue desalentador. No era un OVNI sino una avioneta disfrazada de OVNI que tenia el logotipo de una bebida gaseosa. Todos nos habíamos equivocado. Gabriel comenzó a gritar que se trataba un ardid publicitario de Pepsi. Aquellos que tienen más de treinta años y viven en los distritos de Chorrillos, Barranco o Miraflores pueden dar fe de lo que digo. Muchos deben recordar esta historia con poco menos que vergüenza por la ingenuidad con la que nos la creímos. Si Pepsi nos engañaba con una avioneta, cualquiera podía darnos gato por liebre.

Ese día sin duda fue el inicio del desencanto de esta fantasía llamada OVNI. Poco a poco aquella fascinación por los extraterrestres se me fue esfumando. Mucho más cuando me encontré buscando trabajo, enamorando a una chica de ojos negros y cabellos ondulados, investigando una historia que contar en el periódico o viajando para cubrir un reportaje sobre un cementerio de trenes en Huancavelica. En todo ese tiempo jamás volví a ver un OVNI y menos un marciano. Lo que encontré fueron seres humanos extraños y a la vez fascinantes.

Lo digo por tantos y tan variados personajes que conocí, entreviste e investigué :
como el pianista que se creía drácula y tocaba en el Marcantonio, el político que seducía multitudes y pateaba a sus correligionarios, el marino salvado de milagro de morir en un submarino militar, el maquinista de una locomotora que tenía muchas historias en su cabeza. U otros como el pequeño empleado de mi casa al que bautizamos como el duendecito. Un tipo correctísimo que trabajaba puntual día a día, hasta que de un momento a otro se desaparecía por cinco años, sin mediar explicación alguna, para luego aparecer nuevamente como si nada hubiera pasado. O el hombre viejo que vivía al frente de mi casa y se levantaba de madrugada para regar sus plantas y hablarles más que a su esposa. O el caso de una amiga que cada vez que se acercaba a las máquinas las descomponían una y otra vez como para que no quedara duda del poder nefasto que tenía sobre estas. Todos y cada uno de ellos eran personas comunes y corrientes, que hacían la cola en el banco, veían televisión y caminaban por la calle. Lo que me fascinaba de ellos era que tenían una historia extraordinaria que se podía contar. No digo que todos ellos fueran unos marcianos, simplemente digo que para mí esa gente era más interesante que los propios marcianos. Tenían un mundo interno a veces contradictorio que no dejaba de sorprenderme y asombrarme. Por eso me gustaba escribir sobre ellos. Por eso le puse este nombre a esta columna del diario. Por eso comencé diciendo que: La tristeza me consumía por dentro, pero curiosamente esa tarde me la había pasado contando chistes en la oficina.

posted by Daniel Flores Bueno @ 4:30 PM, ,